Teoría,
práctica e innovación
Álvaro
Magaña Tabilo
La
innovación se ha convertido en un imperativo social y
político. Hace falta un discurso acerca del papel del
diseño como agente de esa anhelada
innovación.
Hay quien afirma que la
teoría es un esfuerzo en gran parte inúitil, un esfuerzo
que apenas logra dar satisfacción a quien la plantea y que
no termina de complementar a la práctica del diseño.
También es posible asegurar que el hacer (en oposición a la
teoría), el “saber cómo” de esta disciplina, debe cumplir
con cualquier tipo de exigencia que provenga del cliente o
emisor de los contenidos, servicios o productos, sin
necesidad de una toma de posición disciplinaria, ya sea
ésta metodológica, ética o estética, pues si el diseño debe
traducir conceptos en imágenes, estrategias visuales y
experiencias, no importa el sentido ni la trascendencia de
dichos conceptos pues sólo debieran ser vistos como
“materiales de trabajo” o más ambiciosamente como
“desafíos” incuestionables.
Así como es posible además postular que el rol “creador”
del diseñador podría asemejarlo con un “artista al servicio
de la comunicación”, alguien que plantea soluciones cuya
impronta —su marca personal— es un ingrediente de valor
inseparable del concepto o del mensaje, igualándose a ellos
(donde el que diseña la solución es más importante que ella
y el problema).
Sin embargo podemos oponer a estas visiones en apariencia
incongruentes —ya sea por lo “pragmáticas” o por lo
“artísticas”— una aproximación ligeramente distinta (o
varias por definir) que busca integrar el sentido teórico
de la práctica con sus discursos operativos, mediante el
reconocimiento e integración de las estructuras abstractas
que surgen desde dicha práctica y que posibilitan la
descripción de sus dominios:
1. Formación académica histórica.
2. Criterios intelectuales en uso: proyectuales, creativos
y productivos.
3. Disciplinas de trabajo, metodologías y tecnologías
adaptadas del contexto comercial e industrial.
4. Dominio del contexto social en que el diseño produce
innovaciones.
Es decir, revelando las relaciones tácitas entre ámbitos
convergentes que a fin de cuentas terminamos identificando
con el diseño.
Ya sea que nos planteemos el rol de la teoría como un
ejercicio puramente académico, descriptivo, pasivo o como
una sólida construcción que le otorga sentido a nuestra
disciplina —que tradicionalmente se ha subordinado a todos
sus mandantes y analistas (la arquitectura, el arte, la
lingüística, la semiótica, la ingeniería y la publicidad)—
es posible establecer algunas estructuras aproximativas al
mapa inconcluso de nuestro territorio, un mapa en que caben
todas las vertientes y los rastros de nuestro quehacer:
1. La historia del diseño como testimonio plástico y a la
vez antropológico de las tareas de las que se ha ocupado la
disciplina.
2. La iconografía comercial reflejo de nuestra cultura
material.
3. Los modelos de negocio que han sustentado e impulsado la
actividad del diseño.
4. Las estructuras abstractas que han servido de modelo
explicatorio y de análisis de los procesos y el discurso
disciplinario (para mencionar apenas algunos poquísimos
ámbitos en que podemos hablar de diseño).
Innovación:
factor económico e imperativo
disciplinario
Aceptaremos como premisa de trabajo la idea de que nuestro
modelo económico privilegia la innovación como creadora de
riqueza y agregadora de valor. Luego, dada esta
particularidad —que apela a la optimización de recursos y
al uso de tecnologías que aceleran la producción y los
estándares de calidad, bajan los costos de la producción
masiva y maximizan el poder persuasivo y la construcción de
símbolos sociales— aceptaremos que nuestro modo de pensar
el diseño no puede soslayar la dimensión económica de
nuestra cultura. Y esto aplica a todos los casos: tanto
cuando se diseña pensando en productos de circulación
comercial masiva como cuando se trata de diseños de alta
trascendencia social (educativos, políticos o
solucionadores de necesidades básicas) o incluso si se
trata del diseño de objetos de consumo de elite, piezas
cuya producción —ya sea artesanal o industrial— se realiza
maximizando el “sentido de ilusión (estatus, calidad,
pertenencia, estilo, moda, tendencia)” al que aluden
frecuentemente las marcas: elementos de diseño cuyo valor
“impalpable” justifica o demanda retornos de capital por
unidad mucho mayores al de los productos masivos.
Otro capítulo de la innovación al que también ha sido
relacionado el diseño, es la incorporación de tecnología a
los procesos productivos. Esto ha sido objeto de mucha
atención, pues la tecnología digital ha traído aparejada
una paulatina desaparición de las prácticas que dieron
sentido a una parte importante de las fórmulas de enseñanza
de las escuelas de diseño, sus mallas curriculares y el
valor económico de la labor de diseño.
Junto con el cuestionamiento de las prácticas y su
enseñanza, también se ha vuelto común la duda acerca de la
eficacia y pertinencia de las metodologías racionalistas y
el desdibujamiento de los límites entre algoritmos formales
(fórmulas reproducidas casi automáticamente) y el aporte
expresivo de “autor” en las soluciones de diseño. Todas
estas incertidumbres son pasto para las permanentes
distancias entre quienes hablan de diseño desde un “hacer”,
a veces parcial, y quienes reflexionan o explican desde la
órbita de lo abstracto lo que no se ha sabido llevar al
terreno de lo concreto.
Pareciera que en el discurso disciplinario, una mayor
injerencia tecnológica en los procesos, demanda un menor
desarrollo teórico. Pero esto es sólo aparente: la
innovación requiere la integración de ambos hemisferios
(práctico y teórico, creativo y operativo). El asunto a
dilucidar es la pertinencia de las prácticas y las teorías
que conocemos a la luz de estos complejos escenarios en que
la innovación campea.
Quizás el punto de contacto entre estas dimensiones que
condicionan nuestra sensibilidad a la innovación, está en
que debemos reconocer la trascendencia social del diseño
cuando se convierte en factor de dicha innovación, no
importando si ésta es impulsada por una mayor incorporación
de tecnología o por la renovación de procesos, hábitos y
costumbres que trae aparejada la implementación de una idea
nueva en el “imaginario” social (perdónesenos la jerga).
Este panorama provisorio acota y limita cualquier alcance
que queramos darle a una “teoría operativa” del diseño. La
innovación como factor económico ajusta la noción de
proyecto que le da sentido a la práctica profesional de
nuestra disciplina, en tanto se constituye en actor de una
dinámica social y económica, en la que se le exige que
actúe como una actividad que agrega valor y facilita el
intercambio y consumo de bienes, servicios y productos,
además de calar en algunas (quizás no siempre las más
evidentes) costumbres de la audiencia, en procesos
cognitivos, intelectuales y materiales.
Dentro
o fuera del “sistema” ¿aun tenemos diseño,
ciudadanos?
Definido lo anterior, indudablemente hay que plantearse la
posibilidad de que existan escenarios en los que el diseño
atraviese estos intereses, pero a la vez sea capaz de
internarse en otras dimensiones del quehacer humano: ¿en
qué lugar posicionaremos a la educación, la acción social,
el bien común, en un contexto disciplinario competitivo
orientado exclusivamente a la creación de riqueza?, o bien
¿la disciplina pierde sentido en un modelo de sociedad
económicamente distinto al nuestro?
Intentar respondernos estas preguntas desde dentro de la
política económica imperante puede conducirnos a
definiciones parciales, incompletas, pero emprender la
tarea de aprovechar su poder exploratorio, quizás nos
acerque a una definición o a una conciencia acerca del
diseño y sus ámbitos, que nos sitúe transversalmente ante
cualquier cambio en el paisaje económico administrativo
imperante, y concomitantemente con ello nos obligue a
desarrollar sensibilidad ante el cambio de cualquier hábito
o costumbre social que haya condicionado el rol del diseño
hasta ahora.
Epistemológicamente hablando, es decir tomando prestados
algunos conceptos del estudio del conocimiento ¿cabría
hablar de leyes generales del diseño? ¿hablamos de lo mismo
al hablar de diseño? ¿sujeto y objeto de diseño son los
mismos en las escuelas y las oficinas, para el gobierno y
las asociaciones gremiales? ¿puede ocurrir que esta
reducción conceptual despoje a nuestra actividad de las
auras con que ella se ha intentado validar y nos devuelva
al punto de partida, una vez más?
La tarea es a largo plazo, podría decirse, tan variable
como lo sean las demandas de la sociedad de consumo que ha
visto crecer al diseño. En lo inmediato debemos ubicarnos
en medio de un contexto histórico en el cual un fuerte
oleaje de exigencias y cambios a todo nivel, modifica y
cuestiona periódicamente nuestros aprendizajes. Debemos
hacernos las preguntas fundamentales desde diversas
ópticas, en un brainstorming permanente, si es que no
queremos quedarnos de operarios de modelos ajenos al
diseño, a medio camino entre la obsolescencia y una
tecnocracia carente de sentido crítico.
Diseñador gráfico
con Mención en Comunicación Visual de la Universidad
Tecnológica Metropolitana (UTEM), Santiago de Chile.
Diploma de Estudios Avanzados (DEA) de la Universidad de
Barcelona.
Ejerce la docencia como Profesor de Taller de 1º año de
Comunicación Visual y de Teorías de Diseño, en UTEM,
Santiago. Profesor de Taller de 2º año, Comunicación y
Metodología en Universidad Santo Tomás, Talca. Profesor de
Historia y Teoría de Diseño, Universidad Mayor, Santiago.
Colabora como asesor estratégico de la empresa de diseño
Proyectos Corporativos.
Participó como editor y registro para el comité organizador
del Premio Chile Diseño, organizado por el Colegio de
Diseñadores Profesionales de Chile y la Asociación de
Empresas de Diseño QVID.
Fue encargado del área de Diseño y Marketing Directo de
Xerox Business Services.
Escribe el Weblog Teoría y Cultura de Diseño.